Memoria del color propone una inmersión en el expresionismo abstracto contemporáneo donde la materia, el movimiento y la dimensión temporal confluyen para darle lugar a la creación artística. La práctica pictórica de Jay Garfinkel parte de la siguiente premisa estética: “la belleza habita en la frontera entre el orden simple y el caos”. Para explorar este umbral, el artista apela de manera deliberada a los medios de base acuosa. El agua no es solo un diluyente, sino un agente dinámico cuya fluidez favorece la composición y le da movimiento al color en el lienzo o el papel.
El proceso creativo de Garfinkel es un ejercicio de paciencia y estratificación. A través de capas superpuestas de acrílico, acuarela y látex, el artista construye superficies complejas donde el tiempo se vuelve material. Una obra puede suspenderse durante años antes de recibir una nueva veladura, permitiendo que las pigmentaciones dialoguen a través de capas traslúcidas hasta que la forma, el color y la textura alcancen la intención deseada; hasta que el artista logre ver en su obra la huella del tiempo como la ve un arqueólogo en las rocas.
En esta búsqueda operan fenómenos propios de la física del color, como la refracción y la dispersión de la luz al atravesar distintas densidades y pigmentos. Pero, en consonancia con teorías como la de Goethe, Garfinkel entiende el color no como un fenómeno meramente óptico, sino como una experiencia subjetiva que surge del encuentro dinámico entre la luz y la sombra.
Las composiciones evocan la fluidez de las formas florales, los horizontes y las geometrías sutiles de la naturaleza. A esta atmósfera visual se suma cierta cadencia musical: las pinceladas y trazos de látex funcionan como modulaciones cromáticas y variaciones rítmicas.
Memoria del color es, en última instancia, una partitura de luz donde cada capa superpuesta conserva el registro de su propio tiempo y la vibración de su propia materia.
Por: Maria Alejandra Garcés